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viernes, 24 de diciembre de 2010

Piratas

El Índico, un océano lleno de sorpresas
                             El golfo de Bengala



Durante la primera hora de guardia sobre las tres de la madrugada, observé las luces de un barco, por proa a babor, pero bastante lejos como para inquietarse. Las luces poco a poco se fueron haciendo grandes hasta que dejaron adivinar las formas de un gran pesquero.

Para evitar cualquier confusión comprobé que las luces de navegación funcionaban bien. El pesquero cambió de rumbo y se fue acercando tanto, que se puso navegando paralelo al JoTaKe a unos setenta metros, aunque en la oscuridad de la noche se hace muy difícil calcular las distancias.  El pesquero enfocó sus proyectores hacia el velero, y comencé a  recelar algo, ya que habiendo respondido con el proyector del velero, el junco chino,  ya claramente visible bajo el proyector, comenzó a realizar extrañas maniobras. Lo llamé repetidas veces por radio pero nadie respondió.


leer el capítulo completo de los PIRATAS ... del libro Aventura a toda vela


Piratas del Caribe La Maldicion de la Perla Negra
Banda sonora
Extraído de Youtube. 




sábado, 4 de diciembre de 2010

Abejas asesinas






 Abejas asesinas muertas sobre el casco en Brasil

Una navegación placentera: en cuatro horas habríamos llegado. El velero navegaba viento en popa, con el génova atangonado por estribor y la mayor bien embolsada por babor. El viento de fuerza cuatro, unos veinticinco kilómetros por hora, impulsaba el velero a una velocidad de seis nudos. La mar tenía la piel arrugada: había borreguillos del alisio por todo, pero con el viento por popa, parecía que estos hubieran desaparecido.
  Navegábamos paralelos a la costa a unas diez millas de distancia. Los cocoteros se divisaban a lo lejos formando una tenue línea bajo un cielo azul con nubes como bigotes blancos… La costa en el nordeste de Brasil no tiene ningún relieve apreciable, y sin embargo hay que navegar bien lejos de la costa porque cerca hay muy poco fondo. Nos parecía que la tierra pareciera querer llegar cada vez más lejos.
De vez en cuando esa línea se interrumpía con un claro: eran enormes dunas de arena blanquísima. Los del velero las aprovechábamos, en las escalas, para "esquiar" sobre planchas de madera enceradas.

                -- Mira, una abeja,-- exclamé.
                -- Estaría entre las flores, adentro-- respondió Mayi mi mujer.
                -- Pues en buen sitio se le ocurre salir, porque para ir a tierra tiene que volar un buen rato.

 Pero la abeja que acabábamos de ver no salía del velero sino que llegaba acompañada de toda su colmena.



leer le capítulo completo de abejas asesinas...